Son muchas las personas que se han venido de algún pueblo para buscar un mejor futuro en Medellín. Todo el que llega en esa misión, instala la vida en algún barrio que esté a su alcance económico, y uno de ellos ha sido la Colinita. Allí llegamos muchos de nosotros, crecimos y pasamos la hermosa época de la juventud, gamineando por sus calles, departiendo, disfrutando de la alegría popular del barrio. Nos encontrábamos siempre en el morro, que llamaban la “Finca de los Pelusos”, y nos disponíamos de forma ritualística a hacer música, a debatir acerca de dios, la religión, la ciencia, los átomos, la historia etc. En este lugar se gozaba de un ambiente casi mágico, pues desde allí puede atravesarse con la vista toda la ciudad hasta Niquia, puede verse el aeropuerto, los edificios del centro como el Coltejer y el cúmulo de casitas de los barrios populares de las laderas.
Siempre nos preguntamos por los nativos que recorrieron y habitaron este morro antes de la colonización, decíamos ¡aquí pudo haber muerto algún guerrero nativo en su defensa! O nos preguntábamos, ¿será que ellos practicaban también aquí sus rituales y nos los heredaron a nosotros? Curiosamente, en el 2013, durante una construcción en el barrio, se encontraron importantes yacimientos arqueológicos y cementerios indígenas. Este hallazgo constaba de tumbas de los Aburraes, objetos como narigueras de oro y fragmentos de cerámica, lo que reveló la presencia de población prehispánica en el territorio.
Según datos históricos, los cerros de Medellín eran fundamentales para la organización territorial de los primeros pobladores, a saber, los Aburraes provenientes de los Caribes. Cuentan que estos cerros, en especial el de la Colinita en el sector Guayabal, servían a los nativos indígenas como fuente de recolección de alimentos y como fortificaciones desde donde podían divisar la llegada de los enemigos. La mayor parte de los Aburraes habitaban esta zona y el morro de la colinita era un lugar sagrado para ellos. Así, cuando llegaron los españoles, los Aburraes se reunieron en la cima de la colinita, que era conocida históricamente como el cerro Calabacera, para observar y preparar la defensa, tocando tambores y bocinas para convocar a los otros grupos indígenas a la guerra contra los conquistadores. Guerra ante la cual muchos nativos se suicidaron, pues es sabido que sus corazones eran tan bravos que preferían eso, antes que la derrota y esclavización.
Se cuenta que bajo las órdenes del mariscal Jorge Robledo, partió de Heliconia una comisión de exploradores y, desde las colinas occidentales —en lo que hoy conocemos como Altavista—, Jerónimo Luis Tejelo abrazó con su ambiciosa mirada un nuevo horizonte para ampliar el dominio de la Corona Española. Con la llegada de la cruz y la espada el 24 de agosto de 1541, se fracturó el tejido cultural que sostenía la vida entre los pueblos nativos, y el Valle de Aburrá dejó de ser territorio de coexistencia entre lo ritual y lo cotidiano, para convertirse en propiedad, en mapa, en botín. La fundación simbólica de “San Bartolomé” no fue un acto de encuentro, sino de imposición: una reconfiguración violenta del sentido de habitar, donde el territorio pasó a responder a intereses ajenos a quienes lo habitaban, a obedecer a la colonización y sus lógicas occidentales violentamente introducidas, zanjando una herida que pese al paso del tiempo no ha podido sanar. Así se construyó esta ciudad: no para quienes ya vivían aquí, sino para los nuevos propietarios extranjeros.
Hoy, esa misma lógica colonizadora se actualiza bajo el nombre de gentrificación. Barrios populares, tejidos con memoria, afecto y resistencia, son intervenidos por proyectos urbanísticos que, en nombre del progreso, despojan a sus habitantes de sus formas de vida. El capital inmobiliario redefine el paisaje, expulsa cuerpos incómodos, convierte lo cotidiano en mercancía y lo comunitario en espectáculo. Como en el siglo XVI, el territorio sigue siendo negociado desde arriba, dirigido por unos pocos que deciden quién merece habitar y quién debe ceder. La ciudad se construye para el inversionista, para el turista, para el algoritmo, mientras se desdibuja la vida que la sostiene desde abajo. En este contexto, “¿para quién se construye Medellín?” no es una pregunta retórica, sino una urgencia ética: repensar la ciudad no como producto de consumo, sino como espacio de convivencia, memoria y dignidad para quienes la habitan.
La reciente obtención del premio de los World Travel Awards ha sido presentada como una prueba irrefutable de que Medellín es un destino mundial de excelencia. El propio alcalde, en un gesto de orgullo, afirmó que lo único que le falta a la ciudad es el mar. Pero detrás de este entusiasmo oficial se esconde una trampa: Medellín parece cada vez más diseñada para el turista y no para sus habitantes. La ciudad se ofrece como vitrina, un decorado pulido en el que los locales cumplen el rol de anfitriones, casi como chaperones de una “Isla de la fantasía”, mostrando lo luminoso de la urbe mientras lo incómodo se oculta bajo la alfombra. Así opera una nueva colonización: se brinda hospitalidad, se ofrecen comodidades, y poco a poco los visitantes terminan apropiándose del territorio que los recibió con generosidad.
No es casual que Medellín fascine a quien la pisa. Su geografía, su gente y su cultura son entrañables. Pero esa fascinación no puede ocultar los desafíos que impone la densidad de población, la desigualdad persistente y la fragilidad de la convivencia. La estrategia turística los maquilla en lugar de enfrentarlos. Vestir a Medellín de seda para la mirada extranjera es, en el fondo, transformarla en una especie de escort fina: disponible, complaciente, lista para satisfacer al cliente, aunque ello implique violentar su propia dignidad. La gentrificación, los desalojos y la mercantilización de la vida cotidiana son los efectos colaterales de ese modelo.
Por eso, la verdadera pregunta es si Medellín quiere ser un hogar para quienes la habitan o un espectáculo para quienes la visitan, pues una ciudad que olvida a sus propios hijos para complacer al turista, corre el riesgo de perder lo que la hace realmente digna de ser amada. Pues parece, bajo una mirada de esta modernidad neoliberal, ser envestida por una nueva conquista colonial, donde la ciudad ya no nos pertenece, sino que más bien nos escupe hacia afuera, si no se posee el poder económico para vivir en ella.
