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lunes, 16 de marzo de 2026

Algunas notas sobre la satisfacción de nuestro pensamiento


 Por: Wilder Carmona


¿Alguna vez has tenido un momento de Eureka?


Antes de continuar leyendo, detente un instante y piensa en ello. Tal vez te ocurrió mientras estudiabas algo difícil, tratando de comprender un poema, resolviendo un problema matemático, simplemente entendiendo algo que nos parecía confuso. Pasaste un buen rato pensando sin encontrar la respuesta, y depronto,sin que puedas explicar muy bien cómo,todo empezó a encajar.


No fue exactamente un razonamiento paso a paso.

Fue más bien una reorganización súbita de las ideas.


De repente exclamaste: ¡ah, ahora sí lo entiendo!


Tal momento, ese flash cognitivo, es uno de los fenómenos más curiosos de la vida intelectual. La palabra Eureka viene del griego y significa “lo he encontrado”. Se cuenta que el matemático Arquímedes gritó esa palabra mientras corría por las calles de Siracusa después de descubrir el principio que explica por qué flotan los cuerpos en el agua.


Pero el Eureka no pertenece solo a los científicos. Es una experiencia cotidiana del pensamiento humano.


Todos hemos tenido alguna vez ese instante en que el mundo parece volverse repentinamente inteligible.


Lo curioso es que esos momentos no solo producen comprensión. También producen una sensación particular.


Una especie de satisfacción.


No es una satisfacción absoluta, no sentimos que ya lo sabemos todo, pero sí una pequeña recompensa interior. Algo que nos dice que estamos en el camino correcto.


Con el tiempo empecé a notar que los aprendizajes que realmente permanecían en mi memoria tenían algo en común: casi siempre estaban acompañados por ese tipo de sensación.


No eran simplemente datos que había memorizado para repetirlos después. Eran ideas que habían dejado una marca más profunda.


Cuando pienso en ello, me viene a la mente una imagen antigua: el sello de parafina con el que se cerraban las cartas hace siglos. La cera caliente caía sobre el papel y luego se presionaba un anillo sobre ella. Cuando la parafina se enfriaba, el símbolo quedaba grabado para siempre.


Algunos aprendizajes funcionan exactamente así.


No solo pasan por la mente.

Quedan sellados en ella.


Tal vez por eso podemos recordarlos años después con tanta claridad.


Con el tiempo descubrí que existe una palabra para referirse a la capacidad de observar y comprender nuestros propios procesos mentales: metacognición.


La metacognición es, en esencia, el arte de pensar sobre el pensamiento. Significa preguntarse cosas como:


¿Estoy entendiendo realmente esta idea?

¿Por qué este problema me resulta difícil?

¿Qué estrategia podría ayudarme a comprenderlo mejor?


En pedagogía, la metacognición se ha convertido en una herramienta fundamental para aprender. No se trata solo de acumular información, sino de desarrollar cierta conciencia sobre cómo funciona nuestra propia mente cuando intenta comprender algo.


Existen incluso estrategias metacognitivas bastante concretas: resumir lo que hemos leído, formular preguntas sobre un texto o intentar explicar una idea con nuestras propias palabras. Todas estas prácticas tienen un mismo objetivo: hacer visible el proceso del pensamiento.


Pero mientras exploraba estas ideas apareció una pregunta más profunda.


Si podemos observar nuestros propios pensamientos, ¿qué es exactamente lo que estamos observando?


Esa pregunta me llevó a un filósofo que había pensado este problema con una profundidad sorprendente mucho antes de que existiera la ciencia cognitiva moderna: Charles Sanders Peirce.


Peirce sostenía que los seres humanos comprendemos el mundo a través de signos. Pensar es interpretar símbolos. Cada idea que entendemos funciona como un signo que remite a algo y produce un efecto interpretativo en nuestra mente.


Desde esta perspectiva, el universo entero puede ser contemplado como una inmensa red de signos.


La mente humana trata de orientarse dentro de esa red buscando patrones: formas, proporciones, regularidades. Observamos el movimiento de los planetas, la trayectoria de las estrellas, las leyes de la fisica, las relaciones matemáticas y geométricas que aparecen en la naturaleza.


Intentamos descifrar el lenguaje en el que parece estar escrita la realidad.


No es extraño que, a lo largo de la historia, ese impulso por comprender el orden del universo haya tomado a veces formas cercanas al misticismo o al esoterismo. Desde la alquimia hasta la astronomía antigua, muchos pensadores sospecharon que el cosmos estaba organizado según ciertos principios que la mente humana podía aprender a leer.


En la tradición hermética se repetía una frase que resume esa intuición:


“Como es arriba, es abajo; como es adentro, es afuera.”


No necesariamente en el sentido literal que imaginaban algunos antiguos, sino como una intuición más profunda: la sospecha de que el orden que percibimos en el universo tal vez también se refleja en la estructura de nuestra mente.


Hoy sabemos que el pensamiento emerge de patrones de actividad neuronal. Millones de neuronas se conectan entre sí formando redes dinámicas que cambian cuando aprendemos algo nuevo. Cada idea, cada recuerdo, cada concepto corresponde a ciertos patrones de activación en esas redes.


Lo interesante es que esas conexiones no se organizan de manera completamente caótica. Tienden a formar estructuras, arquitecturas de relación que a veces recuerdan ciertas armonías geométricas o configuraciones de red.


En cierto sentido, el cerebro piensa con patrones.


Cuando comprendemos algo, cuando aparece ese pequeño instante de Eureka, probablemente lo que está ocurriendo es una reorganización de esos patrones. Algunas conexiones que antes estaban dispersas comienzan a coordinarse entre sí, y de pronto aparece una estructura coherente.


La idea se vuelve clara.


Algo encaja.


Y entonces lo sentimos.


Tal vez por eso los momentos de comprensión tienen una cualidad tan particular. No son solo conclusiones lógicas. Son también experiencias afectivas del pensamiento: sensaciones de coherencia, de armonía repentina.


Peirce describió algo parecido cuando hablaba de un estado de contemplación libre del pensamiento que llamó musement. En ese estado la mente se permite observar la naturaleza y sus propias ideas sin la presión inmediata de llegar a una conclusión.


Es una especie de paseo intelectual.


Y a veces, durante ese paseo, aparece una intuición inesperada.


La mente comienza a percibir que los patrones que encuentra en el mundo también aparecen en su propio modo de pensar. Como si el universo y el pensamiento compartieran ciertas estructuras fundamentales.


En ese momento la conciencia experimenta algo cercano a lo sublime, la sensación de que al intentar comprender el mundo, de algún modo se está comprendiendo también a sí misma.


Pero incluso esos momentos de claridad no nos dejan completamente satisfechos.


Curiosamente, la satisfacción que producen es parcial. Nos alegra haber entendido algo, pero al mismo tiempo abre nuevas preguntas. Cada respuesta parece develar un nuevo horizonte de problemas.


Tal vez por eso me gusta pensar en otra referencia inesperada: la famosa canción (I Can't Get No) Satisfaction de The Rolling Stones.


La canción habla del deseo permanente de algo que nunca se satisface del todo. Y aunque fue escrita en un contexto muy distinto, hay algo en esa idea que se parece mucho al impulso del conocimiento.


Quien investiga, quien estudia o quien intenta comprender algo profundamente sabe que la satisfacción nunca es completa.


Siempre queda algo por descubrir.


Sin embargo, en el camino aparecen pequeñas recompensas: momentos de comprensión, intuiciones, pequeñas luces que se encienden en la mente. Son instantes breves, pero lo suficientemente intensos como para dejar un sello en la conciencia.


Esos sellos,como la parafina de las antiguas cartas,son los que mantienen viva la memoria del aprendizaje.


Tal vez por eso seguimos investigando.


No porque algún día vayamos a saberlo todo, sino porque en el proceso aparecen esos momentos raros en los que el pensamiento parece encontrar su propio ritmo dentro del universo.


Y por un instante sentimos que comprender vale la pena, una cierta señal que nos dice que, por un instante, el pensamiento logró encontrar una forma de armonía entre las preguntas que lo inquietaban y las ideas que lograron responderlas.


Y aunque esa armonía nunca sea definitiva, suele ser suficiente para motivarnos a continuar nuestro viaje cognitivo.


martes, 14 de octubre de 2025

Medellín ¿una ciudad para quién?


Por: Filoparchando



Son muchas las personas que se han venido de algún pueblo para buscar un mejor futuro en Medellín. Todo el que llega en esa misión, instala la vida en algún barrio que esté a su alcance económico, y uno de ellos ha sido la Colinita. Allí llegamos muchos de nosotros, crecimos y pasamos la hermosa época de la juventud, gamineando por sus calles, departiendo, disfrutando de la alegría popular del barrio. Nos encontrábamos siempre en el morro, que llamaban la “Finca de los Pelusos”, y nos disponíamos de forma ritualística a hacer música, a debatir acerca de dios, la religión, la ciencia, los átomos, la historia etc. En este lugar se gozaba de un ambiente casi mágico, pues desde allí puede atravesarse con la vista toda la ciudad hasta Niquia, puede verse el aeropuerto, los edificios del centro como el Coltejer y el cúmulo de casitas de los barrios populares de las laderas. 


Siempre nos preguntamos por los nativos que recorrieron y habitaron este morro antes de la colonización, decíamos ¡aquí pudo haber muerto algún guerrero nativo en su defensa! O nos preguntábamos, ¿será que ellos practicaban también aquí sus rituales y nos los heredaron a nosotros? Curiosamente, en el 2013, durante una construcción en el barrio, se encontraron importantes yacimientos arqueológicos y cementerios indígenas. Este hallazgo constaba de tumbas de los Aburraes, objetos como narigueras de oro y fragmentos de cerámica, lo que reveló la presencia de población prehispánica en el territorio.


Según datos históricos, los cerros de Medellín eran fundamentales para la organización territorial de los primeros pobladores, a saber, los Aburraes provenientes de los Caribes. Cuentan que estos cerros, en especial el de la Colinita en el sector Guayabal, servían a los nativos indígenas como fuente de recolección de alimentos y como fortificaciones desde donde podían divisar la llegada de los enemigos. La mayor parte de los Aburraes habitaban esta zona y el morro de la colinita era un lugar sagrado para ellos. Así, cuando llegaron los españoles, los Aburraes se reunieron en la cima de la colinita, que era conocida históricamente como el cerro Calabacera, para observar y preparar la defensa, tocando tambores y bocinas para convocar a los otros grupos indígenas a la guerra contra los conquistadores. Guerra ante la cual muchos nativos se suicidaron, pues es sabido que sus corazones eran tan bravos que preferían eso, antes que la derrota y esclavización.


Se cuenta que bajo las órdenes del mariscal Jorge Robledo, partió de Heliconia una comisión de exploradores y, desde las colinas occidentales —en lo que hoy conocemos como Altavista—, Jerónimo Luis Tejelo abrazó con su ambiciosa mirada un nuevo horizonte para ampliar el dominio de la Corona Española. Con la llegada de la cruz y la espada el 24 de agosto de 1541, se fracturó el tejido cultural que sostenía la vida entre los pueblos nativos, y el Valle de Aburrá dejó de ser territorio de coexistencia entre lo ritual y lo cotidiano, para convertirse en propiedad, en mapa, en botín. La fundación simbólica de “San Bartolomé” no fue un acto de encuentro, sino de imposición: una reconfiguración violenta del sentido de habitar, donde el territorio pasó a responder a intereses ajenos a quienes lo habitaban, a obedecer a la colonización y sus lógicas occidentales violentamente introducidas, zanjando una herida que pese al paso del tiempo no ha podido sanar. Así se construyó esta ciudad: no para quienes ya vivían aquí, sino para los nuevos propietarios extranjeros.


Hoy, esa misma lógica colonizadora se actualiza bajo el nombre de gentrificación. Barrios populares, tejidos con memoria, afecto y resistencia, son intervenidos por proyectos urbanísticos que, en nombre del progreso, despojan a sus habitantes de sus formas de vida. El capital inmobiliario redefine el paisaje, expulsa cuerpos incómodos, convierte lo cotidiano en mercancía y lo comunitario en espectáculo. Como en el siglo XVI, el territorio sigue siendo negociado desde arriba, dirigido por unos pocos que deciden quién merece habitar y quién debe ceder. La ciudad se construye para el inversionista, para el turista, para el algoritmo, mientras se desdibuja la vida que la sostiene desde abajo. En este contexto, “¿para quién se construye Medellín?” no es una pregunta retórica, sino una urgencia ética: repensar la ciudad no como producto de consumo, sino como espacio de convivencia, memoria y dignidad para quienes la habitan.


La reciente obtención del premio de los World Travel Awards ha sido presentada como una prueba irrefutable de que Medellín es un destino mundial de excelencia. El propio alcalde, en un gesto de orgullo, afirmó que lo único que le falta a la ciudad es el mar. Pero detrás de este entusiasmo oficial se esconde una trampa: Medellín parece cada vez más diseñada para el turista y no para sus habitantes. La ciudad se ofrece como vitrina, un decorado pulido en el que los locales cumplen el rol de anfitriones, casi como chaperones de una “Isla de la fantasía”, mostrando lo luminoso de la urbe mientras lo incómodo se oculta bajo la alfombra. Así opera una nueva colonización: se brinda hospitalidad, se ofrecen comodidades, y poco a poco los visitantes terminan apropiándose del territorio que los recibió con generosidad.


No es casual que Medellín fascine a quien la pisa. Su geografía, su gente y su cultura son entrañables. Pero esa fascinación no puede ocultar los desafíos que impone la densidad de población, la desigualdad persistente y la fragilidad de la convivencia. La estrategia turística los maquilla en lugar de enfrentarlos. Vestir a Medellín de seda para la mirada extranjera es, en el fondo, transformarla en una especie de escort fina: disponible, complaciente, lista para satisfacer al cliente, aunque ello implique violentar su propia dignidad. La gentrificación, los desalojos y la mercantilización de la vida cotidiana son los efectos colaterales de ese modelo.


Por eso, la verdadera pregunta es si Medellín quiere ser un hogar para quienes la habitan o un espectáculo para quienes la visitan, pues una ciudad que olvida a sus propios hijos para complacer al turista, corre el riesgo de perder lo que la hace realmente digna de ser amada. Pues parece, bajo una mirada de esta modernidad neoliberal, ser envestida por una nueva conquista colonial, donde la ciudad ya no nos pertenece, sino que más bien nos escupe hacia afuera, si no se posee el poder económico para vivir en ella.

viernes, 19 de septiembre de 2025

El metro de la 80: progreso, desplazamiento e injusticia

 

Por: Filoparchando


 

Con grandes expectativas y un sentimiento de orgullo, la sociedad medellinense espera ver realizado el metro de la 80, y así poder decir ante el mundo que Medellín es una c#1mb@. El circuito de este proyecto conectará  la estación Caribe y Aguacatala, atravesando por la transversal 73, la calle 65 y la avenida 80 gran parte de la ciudad. Esta extensión del metro que mejorará mucho más la movilidad de Medellín es celebrado como símbolo del progreso y la pujanza antioqueña. No obstante, ese relato de progreso y modernidad oculta una injusticia ignominiosa y no podemos inflar el pecho cínicamente ante los extranjeros que nos visitan, a sabiendas de que ese metro será construido sobre los hombros de los sacrificados, a saber, quienes deben vender su propiedad a precios insultantes, para que ese metro exista. 

Algunos afectados, exponen que para la compra de su propiedad les ofrecieron precios que redujeron cuantiosamente su patrimonio. Por ejemplo,  por una casa  de 100 metros cuadrados ofrecieron 250 millones de pesos, y el afectado demanda que en el avalúo no se tiene en cuenta la casa o pisos construidos, sino que le están pagando prácticamente solo por el terreno. Ahora bien, lo peor es que con esos 250 millones no le alcanza para comprar otra propiedad con las mismas condiciones, pues un apartamento de torre o urbanización con medidas de 50 o 60 metros cuadrados hoy por hoy cuesta entre 400 y 450 millones de pesos. En esta encrucijada del progreso se encuentran los propietarios, los cuales han tenido que hacer protestas, demandas y tutelas para llegar a un acuerdo más justo, pero este acuerdo no se ha dado, y en caso de no darse nunca, tendrán que buscar una propiedad de bajo presupuesto en las laderas de Medellín.

Paradójicamente, el progreso del metro puede derivar en el empobrecimiento de estos propietarios, a todas luces, sacrificados para el bien común de toda la ciudad. Y es que al parecer el despojo despótico se ha convertido en el modo de proceder de la administración actual de Medellín, que ha propósito de las laderas, también ha desalojado a las familias que han sido afectadas por las catástrofes invernales, una solución con la que la administración se lava las manos y que los ha dejado peor de lo que estaban, pues esta los ha dejado a su suerte sin ninguna garantía de reubicación. 

Tolstoi, en su cuento Cuánta tierra necesita un hombre, dice algo que, de alguna manera, nos sirve para ilustrar lo que se encuentra en el trasfondo de muchas de las problemáticas que al día de hoy aquejan a la ciudad de Medellín: “La única pena es que disponemos de poca tierra”. Ante el avance del desarrollo de la ciudad en temas de movilidad, el proyecto del Metro liviano de la 80 nos plantea un viejo problema ético y político, esto es, la tensión entre legalidad y justicia, puesto que, para adquirir los predios necesarios para la construcción de esta obra, tanto el gobierno municipal y nacional cuentan con un marco legal que, en la ejecución del proyecto, ha derivado en una situación de injusticia con los propietarios de aquellas propiedades que se encuentran dentro del área a ser intervenida.

Si bien el proyecto tiene un impacto económico y social positivo para la ciudadanía, quienes deben pagar el precio de tal desarrollo son individuos particulares, familias y comunidades que están en riesgo de disolverse en la hojarasca del progreso. El avalúo de las propiedades, sustentado en el valor comercial del año 2016, pone en evidencia que la injusticia es, además de económica, también simbólica y social: ¿es posible calcular el valor de lo intangible? El aspecto económico es apenas la punta del iceberg de esta problemática que tiene en el fondo el desarraigo, la pérdida de redes comunitarias y el desplazamiento de memorias vividas en esos espacios.

En este sentido, el Metro de la 80 no puede verse únicamente como un proyecto de movilidad, sino como un dispositivo de poder que reconfigura la ciudad y redistribuye los costos del progreso de manera profundamente desigual. Bajo el discurso de la modernización, se ocultan dinámicas de corrupción, sobrecostos y negociaciones opacas que favorecen a unos pocos, mientras las comunidades directamente afectadas quedan sometidas a un proceso de despojo legalizado. El proyecto, lejos de encarnar el ideal de un desarrollo equitativo, revela cómo las instituciones pueden instrumentalizar la ley para legitimar prácticas injustas que erosionan el tejido social.

La gentrificación se convierte, entonces, en el rostro más visible de esta injusticia. La ciudad se embellece para unos, mientras expulsa a otros hacia los márgenes de la miseria. Medellín, celebrada internacionalmente como ejemplo de innovación y transformación urbana, se encuentra atrapada en una paradoja: mientras se erige como vitrina global de progreso y es catalogada como una de las ciudades más apetecidas de Latinoamérica, en su interior persiste una lógica excluyente que empuja a las poblaciones vulnerables a abandonar no solo sus hogares, sino también la memoria y las formas de vida que allí habían construido. La “hojarasca del desarrollo”, en este caso, no fertiliza la ciudad, sino que la despoja de su diversidad vital y cultural.

El trasfondo de esta problemática nos remite al mismo origen de la propiedad privada: aquello que en un inicio fue común y necesario para todos (la tierra, el agua, los recursos vitales) se transformó con el tiempo en objeto de apropiación y acumulación desigual. Así, lo que debería garantizar la vida digna de todos termina distribuido de manera que unos pocos concentran demasiado y otros apenas acceden a lo mínimo, cuando no a nada. Paradójicamente, el ser humano no requiere tanto para vivir con dignidad: un techo, alimento suficiente (que en gran parte hoy se desperdicia antes de alimentar una sola boca) y un abrigo. Lo demás pertenece al ámbito del sentido, de la posibilidad de construir una vida plena en comunidad, un derecho que, sin embargo, parece ser relegado en nombre de un “progreso” que expulsa y margina.


lunes, 1 de septiembre de 2025

Como esclavo y criminal, así reciben a los inmigrantes en USA

 

Como esclavo y criminal, así reciben a los inmigrantes en USA


The finger to the land of the chains                                                                                                   
What? the land of the free?                                                                                                            
Whoever told you that is your enemy!

                    R.A.T.M







Por Jhonny Estrada

Hace dos años Diego se desplazó como migrante hacia los Estados Unidos tras el sueño americano, junto con su esposa y otros familiares, entre ellos un menor de edad. Partieron de Medellín- Colombia huyendo de diferentes problemas, unos económicos y otros desencadenados por la violencia, con la ilusión de que en dicho país mejorarían sus condiciones de vida. Para costear su viaje, Diego tomó todos sus ahorros, además vendió el carro y la moto, y apostó todo a ese destino soñado. No obstante, aunque logró llegar y laborar allí por dos años, hace dos meses que retornó a Medellín por voluntad propia, evitando ser deportado y volver a vivir las experiencias deshumanizantes que son aplicadas a los migrantes, y de las cuales se sentía supremamente cansado. Aquí Diego nos cuenta su experiencia de migración hacia el país de destino y el retorno indirectamente forzado a su país de origen:

Yo no me fui por el Darién, por ahí se van los que no tienen plata. Yo me fui en un avión que hizo escala en Panamá y luego voló hasta México; cuando llegamos, como ya teníamos todo cuadrado con el contacto, nos encontramos con él y nos llevó al hotel. ¡Esa es una mafia muy brava! A uno le quitan toda la plata, la cédula, todos los papeles, y le van dando la plata que va necesitando. Allá en el hotel salí dos veces a comprar unas cosas a la calle, ahí mismo, el man que estaba en el hotel recibió una llamada de Estados Unidos, para que me dijera que no saliera tanto a la calle y menos de noche, porque me podían secuestrar.

Esos manes allá mantienen todo vigilado, uno no se da cuenta quienes son, pero saben todo lo que uno hace o deja de hacer, miran que uno no vaya a ser un policía. Luego nos dijeron, ¡vamos a sacar la plata que ya los vamos a pasar! Parce, llegaron unos carros a recogernos y cuando fuimos a retirar la plata, la que nos atendió nos preguntó, ¿dónde están? Respondimos, en tal hotel, en tal parte, ¿cuál es el código postal? y nosotros no lo sabíamos, entonces no nos quería entregar la plata. Una supervisora que había ahí vio a esos manes en los carros y le hicieron como una seña y ella toda asustada le dijo a la cajera ¡home, deje de preguntar tantas cosas y entrégale la plata a esa gente para que se vayan rápido! Imagínese el miedo que le tienen a esos manes.

Ahí les entregamos como 15 mil dólares entre mi pareja y yo, la cuñada y el niño y otro man. Entonces nos recogieron unas viejas en un carrito chiquito, no cabíamos, nos tocó acomodarnos unos encima de otros y hasta en el suelo. Arrancamos, cuando por allá un retén, preguntaron santo y seña y nos dejaron seguir… Usted se imagina cuánta plata mueve esa gente para asegurar el circuito… es mucha… Nos llevaron hasta Reinosa para de ahí llevarnos a Río Bravo, nos dijeron esperen aquí y comenzaron a llegar de a 20 migrantes que los iban trayendo esos manes; cuando ya había como 100 llegó un bus grande amarillo y nos montaron a todos. Nos llevaron a la orilla del río y nos comenzaron a pasar, al otro lado ya estaban los gringos esperándonos con policía y todo.

Cuando pasé, uno me dijo ¡Ven yo ayudar a ti! y claro, es que a ellos les dan plata por eso. Entonces nos hicieron botar todo, las maletas con la ropa y solo quedamos con lo que teníamos puesto y nos llevaron para una cárcel que llaman la nevera. Allí nos tomaron huellas digitales y separaron a los hombres de las mujeres; ahí estuvimos como 5 días, a mi compañera, a la cuñada y al niño los dejaron salir, les preguntaron quiénes los iban a recibir y que llamaran para que les compraran los tiquetes. A mí me esposaron de manos y pies y me llevaron a otra cárcel, allá no teníamos derecho nada, no podíamos bañarnos ni teníamos donde hacer las necesidades. Después me llevaron a otra cárcel y me dieron una tarjeta, un número y me dejaron llamar a los familiares que me iban a recibir para que compraran el tiquete de avión.

Una vez estuve libre en Estados Unidos, comencé a trabajar en un local de hamburguesas manejando la parrilla, trabajaba de 5 de la tarde a 5 o 6 de la mañana, ganaba mil dólares semanales. La gente cree que con eso a uno le da para enviar plata para Colombia; siempre me preguntan qué trajo home y no cuánto quedé debiendo. Me tocaba sacar 400 dólares semanales para comprar un carro que me costó 6 mil dólares, porque era necesario, los viajes eran muy largos en bus para llegar al sitio de trabajo, se demoraba casi 5 horas. Con el resto de plata pagaba arriendo y compraba la comida, allí todo es caro y por todo lo que compras te cobran un impuesto. Por el solo hecho de ser migrante me pagaban 15 dólares por hora, mientras a los ciudadanos norteamericanos les pagaban 45 dólares, y cuando uno iba a comprar en un supermercado las cajeras lo trataban como un criminal, tenían mucha rabia hacia los migrantes. Yo me decía: ¡Hp que estoy haciendo aquí! Acá son unas chandas”.

Yo había tenido que conseguir papeles falsos para poder trabajar y cuando Trump asumió la presidencia me asusté mucho, porque eso daba 10 años de cárcel. Cuando comenzó ese proceso de deportación a los migrantes me llamaron y me citaron con un juez. Era un puertorriqueño y yo le caí bien porque le gustaba mucho Colombia. Entonces me dijo: no te va a gustar lo que voy a hacer, y me puso un dispositivo en el pie con el que me podían ubicar donde estuviera (lo cuenta entre lágrimas); me dijo que podía esperar el proceso de deportación o irme por cuenta propia, pero entonces tenía que mostrarle los tiquetes comprados. Yo le dije que sí, que yo me iba. Cuando salí de ahí conseguí los tiquetes, se los mostré al juez y como a los 15 días me vine, porque si me deportaban se daban cuenta de los papeles falsos y hoy estuviera encanado. Hace 2 meses estoy en Medellín y aún estoy intentando vender el carro que dejé en Estados Unidos, pues de todo esto quedé debiendo 60 millones.

All of wich are American Dreams!

All of wich are American Dreams!

All of wich are American Dreams!

All of wich are American Dreams!


domingo, 15 de junio de 2025

El Parlache, El Juego De Los Marginados.


Por: Wilder Carmona

En la ciudad de Medellín a finales de los años 80’s,  los jóvenes de las clases marginales crearon un dialecto que provocaría más adelante cambios lingüísticos y la apropiación de un lenguaje popular por parte de esos mismos sectores, como lo describe Luz Stella Castañeda (2005): “ Se trata de un lenguaje urbano, muy creativo, que expresa sin pudores ni temores la nueva realidad que viven amplios sectores de la sociedad medellinense y colombiana.” (p.78.). Cuando se dice creativo  podemos empezar a hacernos la idea de su riqueza en cuanto a “juego del lenguaje” en donde los jóvenes inventaron nuevos nombres y formas para referirse a los diversos objetos o situaciones, con ciertas reglas de fondo que facilitaban la comprensión entre sus participantes, pero ¿ De dónde provenían las reglas de ese “juego”?



Si se aspira a participar en un juego se deben conocer previamente sus reglas para no ser penalizado y conseguir entender su sentido, así pues los jóvenes de aquella época se valieron del uso que se le da a nuestro idioma castellano para empezar a denominar los elementos cotidianos, por ejemplo, a varias palabras le cambiaron el orden de sus sílabas como a Camisa = Misaca o Bogotá = Tabogo, otras conservaban sólo su primera sílaba, Nada = Naranjas-Natilla, también resultaron expresiones de acuerdo al contexto, Pasar de agache = Sortear una situación sin llamar la atención, pero como vemos todas las palabras pueden ser interpretadas según ciertas reglas del lenguaje que ya están implícitas, haría falta entonces de cierta perspicacia o intuición para descifrar su uso dentro del juego, he aquí lo divertido del asunto ¡un acertijo!


Lo curioso siempre será la naturaleza  variable del lenguaje dependiendo de las situaciones del entorno donde es utilizado, en Medellín por aquella época se respiraba un ambiente de desolación implantado por el narcotráfico y las guerras urbanas, también las pocas oportunidades y el crecimiento excesivo de la población a raíz de la migración campesina cambiaron a la ciudad para siempre junto con lo que respecta a su lenguaje, surgió entonces el dialecto de los marginados. 


Las condiciones de vida que se sorteaban por esos días originaron una atmósfera hostil en la ciudad, todos sospechaban de todos y muchas personas fueron asesinadas por hablar imprudentemente, había cierto recelo entre los mismos habitantes que quizás suscitó el encriptamiento de las comunicaciones y la creación de un lenguaje diferente. Acción que nos pertenece como humanos es por tanto la inventiva en medio de las adversidades, que  según Wittgenstein (1967): “ Se dice a veces: los animales no hablan porque les falta la capacidad mental. Y esto quiere decir: “no piensan y por eso no hablan”. Pero: simplemente no hablan. O mejor: no emplean el lenguaje, si prescindimos de las formas más primitivas del lenguaje. Ordenar, preguntar, relatar, charlar pertenecen a nuestra historia natural tanto como andar, comer beber, jugar” (p.187.).  El hombre ha creado su propio lenguaje y lo reinventa de vez en vez según sus propias necesidades a diferencia de los animales, que tienen sistemas de comunicación dependientes  de su instinto y de las herramientas que les ha proveído la misma naturaleza, situación que ha permanecido inalterable desde hace millones de años, por tal razón las personas desde la creatividad reconstruyen el edificio del lenguaje pero sin dejar de vista los cimientos que se fundamentan en las reglas de ese juego.   


En el Medellín de aquel entonces las personas de las clases populares tal vez no eran conscientes de su participación en un juego que más adelante influenciaría a todo un país, pues la mayor parte de los colombianos en otras regiones han incorporado en su lenguaje coloquial expresiones del parlache, aquí podríamos hablar de una forma de vida o entramado social en el cual todos sus individuos comparten actividades y costumbres, circunstancia que dio lugar a la aparición del entorno propicio para el adiestramiento de todos los participantes del juego, es evidente que la situación que vivía Medellín también repercutió en el resto del país y eventualmente cada individuo iría adoptando al parlache dentro de su propio lenguaje.


Los problemas que reinaban por aquella época crearon en la mente de los jóvenes originarios de los sectores marginales una visión de mundo totalmente diferente a la de las clases media y alta, y desde su  nueva perspectiva inventaron nuevas palabras que conservaban en el fondo cierto sentido lúdico, pues  lo curioso del asunto fue que las palabras inventadas mantuvieron algún parentesco con las formas tradicionales del lenguaje, tal condición Wittgenstein (1967) la nombra en las investigaciones cuando dice: “ ¿Por qué llamamos a algo número? Bueno, quizá porque tenga un parentesco directo con varias cosas que se han llamado números hasta ahora; y por ello, puede decirse, obtiene un parentesco indirecto con otras que también llamamos así. Y extendemos nuestro concepto de número como cuando al hilar trenzamos una madeja hilo a hilo. Y la robustez de la madeja no reside en que una fibra cualquiera recorra toda su longitud, sino en que se superpongan muchas fibras” (p.229.)  Así mismo muchas palabras fueron creadas desde un concepto unívoco en relación con los diferentes contextos como veremos a continuación. 


En las iglesias de la antigüedad había un encargado de hacer repicar las campanas con el fin de dar aviso o anunciar algo, el campanero,  así mismo se nombró en el parlache al que advertía con algún sonido el arribo de la ley a los barrios donde se realizaba el expendio de drogas. También utilizaban muchas onomatopeyas, por ejemplo en vez de la palabra  “balacera” decían “tastaseo”  haciendo referencia al ¡taz-taz! o ruido que producen las armas al ser disparadas y de ese mismo contexto surgió la palabra “traqueto” para referirse a la persona que está inmersa dentro del mundo de las armas y la mafia con la onomatopeya ¡traque! En el uso de las palabras y la invención de las mismas podemos evidenciar una especie de juego muy original y didáctico, tanto así que otros países de habla hispana reconocen esta curiosidad en el lenguaje común de la región antioqueña que ha sido muy difundido a través de series y novelas de narcos.          


Es muy común encontrar comunidades que dependiendo de sus procesos históricos, fueron incluyendo en su lenguaje nuevos modismos o expresiones para  así crear dialectos que se transforman en  nuevos idiomas, por eso la importancia de aceptar la flexibilidad en el lenguaje y sobretodo de desligar las palabras de su significado porque ellas son como las personas, mientras unas mueren otras nacen, por algo son incluidas en la RAE cada vez  más  palabras y con frecuencia encontramos varias formas de nombrar a un objeto dentro de un mismo idioma, caso específico le ocurre al Español y su riqueza lexical gracias al aporte de las diversas culturas colonizadas por los ibéricos. 


Muchas palabras del parlache ya fueron incluídas en la RAE lo que nos da testimonio del carácter no fijo del lenguaje: “ la expresión  “juego de lenguaje”  debe poner de relieve aquí que hablar el lenguaje forma parte de una actividad o forma de vida” (p.185.) Mientras el hombre permanezca vivo continuará  transformándose  junto con su lenguaje, la interacción entre semejantes da pie para la inventiva de nuevos juegos del lenguaje de acuerdo a la demanda de las comunicaciones. Quizás en un futuro será necesario jugar con otra forma de vida inteligente donde tan sólo sea cuestión de llegar a un acuerdo en las reglas.




Bibliografía


  • Luz Stella Castañeda. (2005). El Parlache: Resultados de una investigación lexicológica, facultad de comunicaciones, Universidad de Antioquia. Bogotá. FORMA Y FUNCIÓN 

 

  • Ramiro Montoya. (2001).  El parlache, Jerga de marginados.  Madrid. VISION LIBROS. 


  • Ludwig Wittgenstein. (1967). Investigaciones filosóficas. Inglaterra.  

martes, 18 de febrero de 2025

La Nueva Canción Latinoamericana, Filosofía, Historia y Sensibilidad en la Música.


Por: JuanFer

Cristian Camilo Hurtado Blandón nació en Fredonia, Antioquia, 1994. Es docente de Ciencias Sociales en la Institución Educativa Rodrigo Arenas Betancourt de Robledo. Licenciado en Filosofía y magíster cum laude en Investigación Musical, su trayectoria profesional se ha centrado en la filosofía de la música, explorando cómo la Nueva Canción Latinoamericana puede contribuir a la construcción de un pensamiento crítico e independiente en la región.

Cuenta con 14 años de experiencia en dirección de escuelas de música, orquestas y ensambles dedicados a géneros andinos, latinoamericanos y de contenido social. Ha profundizado en la composición y los elementos estéticos y políticos de este arte. Entre sus proyectos destacados en Antioquia se encuentran la dirección de la Banda Provincia de Cártama y su participación en programas pedagógicos de Iberacademy Medellín.

Actualmente, desarrolla su tesis doctoral, donde investiga cómo el arte latinoamericano, desde la música hasta las narrativas históricas, puede develar una historia oculta, proponiendo enfoques innovadores para la enseñanza de las Ciencias Sociales y una reinterpretación crítica de la historia continental. 

El tema en el que actualmente trabaja se centra en el contraste entre la historia oficial y una historia oculta. En su estudio de la historia oficial, generalmente encuentra una versión que legitima o perpetúa el poder de las clases dominantes, sustentada en argumentos que justifican su autoridad. A diferencia de esto, la historia oculta busca revelar aspectos y perspectivas marginadas. En este contexto, considera que la Nueva Canción Latinoamericana juega un papel importante, despertando en la conciencia colectiva una sensibilidad diferente a través de su escucha. De este modo, las personas pueden desarrollar una sensibilidad renovada en la que se diversifican sentimientos, ideas, ideologías, arquetipos, estructuras de ser y formas de sentir, abriendo nuevas posibilidades para la sociedad.

Apoyándose en la tesis de Marx de que "los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo" (Engels & Carlos Marx 2006, p. 57), Cristian propone que la Nueva Canción puede legitimar otras corrientes de pensamiento. Esto contribuiría a la construcción de una historia no oficial, que también podría integrarse en la enseñanza de las Ciencias Sociales, permitiendo a los estudiantes explorar ambos lados de la historia: la versión oficial y la versión oculta.

Su marco referencial se centra en la Nueva Canción Latinoamericana, que abarca desde México hasta Chile. Algunos de sus principales exponentes incluyen a Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. En particular, en México aporta un representante destacado: Gabino Palomares, un músico y escritor de gran calibre crítico, cuyas canciones, como "La maldición de Malinche", interpretada junto a Amparo Ochoa, expresan una aguda crítica al colonialismo, siguiendo la línea de pensamiento de Aníbal Quijano, un filósofo y sociólogo peruano. Otros referentes son los grupos Inti-Illimani y Quilapayún de Chile; Los Harkas y Grupo Pasajeros de Colombia; y Yari, una agrupación de Medellín. En Argentina, se destacan músicos como Quinteto Tiempo y Atahualpa Yupanqui, quienes han contribuido a crear una corriente de música crítica que propone una nueva historia latinoamericana y una sensibilidad renovada.

Desde un enfoque teórico, sus composiciones e investigaciones musicales se sustentan en el pensamiento de varios autores influyentes, entre ellos Aníbal Quijano, uno de los pioneros del pensamiento crítico latinoamericano, y Boaventura de Sousa Santos. También se apoya en Herbert Marcuse, con su teoría de la unidimensionalidad, y en otros pensadores fundamentales como Enrique Dussel, Walter Mignolo y Santiago Castro-Gómez. Además, su trabajo académico se inspira en los grandes teóricos de la Escuela de Frankfurt, siendo Walter Benjamin y Theodor W. Adorno los autores más relevantes en su formación.

Uno de los proyectos más importantes que ha desarrollado es la reconstrucción de la "Cantata de Santa María de Iquique", una obra que intenta revivir una historia oculta en Chile. Este proceso fue impulsado por la caja de compensación Comfama, que apoyó la creación de una versión reducida de la obra, presentada en Medellín. Esta iniciativa permitió experimentar con públicos que no conocían la historia, generando una conmoción profunda en los espectadores, quienes, en algunos casos, llegaron a llorar al descubrir una historia desconocida para ellos.

Otra experimentación relevante fue su trabajo con la Agrupación Cerro Bravo del municipio de Fredonia, donde desarrolló clases de composición. Estas clases abordaron las convenciones estilísticas y armónicas de la música latinoamericana, explorando aspectos como la melodía, la rima, la silabificación y la métrica. Este trabajo culminó en la creación de varias canciones como:  

"Cerro Bravo Caminito de Piedra, Los Colores del Amor"

(https://www.youtube.com/watch?v=fgApE29LvO0)


"El Barranquero"

(https://www.youtube.com/watch?v=GqFMYwQH_FA)


"Camino a Colombia - Cerro Bravo"

(https://www.youtube.com/watch?v=pe81FKptok4&t=39s)


 (Estas canciones están disponibles en Spotify y son el resultado de este proceso de experimentación estilística y compositiva.)

Cristian Camilo Hurtado Blandón presenta en su obra una fusión enriquecedora entre la filosofía y la música, integrando un compromiso político y cultural profundo hacia América Latina. Su trabajo resulta atractivo al articular varios valores esenciales en su exploración de la nueva canción latinoamericana como herramienta de reflexión crítica.

Esta propuesta crea un puente entre las convenciones de la música de protesta y las formas académicas de composición, permitiendo una reinterpretación de obras como La Cantata de Santa María de Iquique, en la que el espectador experimenta una conexión emocional intensa con la historia representada.

Al emplear una estética sonora única en géneros tradicionales como el tinku y la chacarera, su música adquiere un carácter distintivo, despertando la sensibilidad. Aquí, la sensibilidad se entiende como la capacidad de la música para resonar en el oyente de manera inmediata, sin la mediación de un conocimiento técnico previo.

Esto convierte lo sensible en un punto fundamental de su obra, que se percibe como una experiencia compartida y directa, en la que los valores culturales y políticos se transmiten a través de la sonoridad y la estética, sin depender de explicaciones externas. Cada nota, ritmo y silencio comunica una idea o sentimiento que se percibe intuitivamente, creando una comunicación artística profunda y efectiva que envuelve a los espectadores en una relación estrecha con la obra.