Francisco Javier García Ramírez, de 66 años, nos esperaba en la puerta de Culturarte, la casa cultural que palpita en el Barrio Antioquia. Fundador y custodio de este espacio desde hace veintitrés años, su figura trigueña y serena irradia la experiencia de quien ha hecho de la cultura una forma de resistencia. Al comienzo, su mirada era recelosa y nos interrogó “¿quién les dio mi contacto?” pero luego su voz se tornó hospitalaria. Nos contó que Culturarte nació de la necesidad de orientar a la comunidad en unas elecciones vecinales y del anhelo de sembrar prácticas democráticas y de convivencia. En la entrada, su lema “integración, solidaridad y justicia social para nuestros barrios” da la bienvenida a su interior entre murales que aún conservan la huella del antiguo colegio que una vez fue aquel lugar.
Don Francisco nos cuenta que al conocer que, desde el gobierno nacional, a través del Fondo de Inversión Social, se quería fomentar la fundación de casas de cultura en todo el país, se fueron juntando voluntades para articular un proyecto cultural en el barrio. Sin embargo “para poder optar a esos recursos había que crear una corporación” y tras dos años de trámites burocráticos, el 30 de noviembre del 2003 lo lograron. Nos dice: “recuerdo muy bien que estaba de alcalde Luís Pérez, y por medio del secretario de educación nos hizo entrega protocolaria del predio bajo la figura de Comodato”.
En este lugar alguna vez funcionó la escuela Jorge Arango Carrasquilla, también conocida por la comunidad como “la escuela de los locos”, donde se formaban a los estudiantes con capacidades cognitivas especiales y que no eran admitidos en la educación tradicional. “ En general, el lugar estaba muy deteriorado en esa época, nos entregaron el coco de la instalación”. Esta se convirtió en la casa cultural del Barrio Antioquia. De los miembros fundadores de este sueño, Francisco es el único que permanece al frente del proyecto, y nos confesaba con cierta nostalgia que “al final estoy prácticamente como medio solo, pero haciendo cosas todavía”.
Cuando recibieron la casa cultural en 2003 – comenta Francisco- estaba muy reciente aún la violencia de los 90's en el Barrio Antioquia. “Los muchachos de las cuadras más representativas del barrio, se habían agarrado a pelear por cosas insulsas, pues al final no se sabía cuál era el objetivo de dicha guerra. La conclusión a la que llegamos es que a ellos los pusieron a pelear porque se necesitaba que hubiera una guerra interna en el barrio”. En este contexto, recibieron la casa cultural para tratar de recuperar la convivencia sana que había existido en las décadas de los 70 y 80, cuando se podía caminar tranquilamente en el barrio sin importar fronteras invisibles. El objetivo de la casa era atraer a la gente de distintos sectores del barrio para que este fuera un sitio de encuentro y se superaran esas rencillas que habían dejado, mal contados, 250 jóvenes muertos.
Se piensa que quienes estaban detrás de esta violencia eran los urbanizadores que veían el sector como un punto estratégico para vivienda y negocios, y estaban relacionados con el plan de ordenamiento territorial. Por eso el objetivo político de Culturarte ha sido tratar de frenar el conflicto y hacer resistencia y oposición a los cambios del uso del suelo. Pues ya en el plan de ordenamiento territorial impusieron que el Barrio Antioquia tenía que tener una construcción de composición mixta entre vivienda urbana y comercio, negocios como talleres, bodegas etc. Dice “en el fondo permitir esa mixtura es ir desplazando a los viejos habitantes, además de que sube la estratificación.” Por otro lado, la casa cultural ha contribuido al plan de desarrollo cultural y ambiental de la comuna 15. También ha hecho un esfuerzo por recuperar la memoria histórica y cultural del Barrio Antioquia y Guayabal en general.
La casa cultural del Barrio Antioquia sigue siendo un refugio de encuentro y aprendizaje. Hoy su oferta cultural se nutre de talleres de danza, artes visuales, manualidades, música, y programas como la ludoteca del Inder o Buen Comienzo, que acercan el arte y la educación a niños, jóvenes y adultos. También se han impulsado proyectos innovadores como el centro de investigación urbano y ecológico, donde se promueve el cultivo responsable de cannabis y huertas urbanas, apostando por una relación más sana con la naturaleza y el entorno. Culturarte se ha convertido en un puente entre la comunidad y la Alcaldía, un espacio abierto donde se celebran fiestas, se fomenta la participación ciudadana y se teje convivencia.
El sueño de Francisco, su fundador, es que la casa crezca, que se llene de escuelas de formación para todos: desde arte y deporte hasta cocina orgánica y sana. Imagina un lugar donde los jóvenes encuentren en el arte una alternativa, donde se mezclen nuevas creaciones y fusiones, y donde la cultura —en su sentido más amplio y plural— sea una herramienta para transformar hábitos, unir generaciones y mantener viva la memoria colectiva del barrio.
En cada casa de la cultura se enciende una chispa alentadora que modifica la forma en que habitamos el mundo. No son solo sitios con notas musicales en el aire y pinceladas en las paredes: son espacios donde las personas se descubren a sí mismas al encuentro con los demás. Allí, el arte actúa como un refugio y una fuerza que despierta; no impone, sino que invita a transformar. En esos lugares, las relaciones se reinventan y los lazos se vuelven tejidos vivos de afecto y creación. Cada taller, cada conversación, cada ensayo es una forma de aprendizaje compartido, una experiencia que devuelve a la comunidad su poder de imaginar. Las casas de la cultura son semilleros de humanidad: lugares donde el individuo crece en relación, y donde la vida colectiva se renueva desde los gestos pequeños, como una corriente subterránea que, sin tanto ruido, termina cambiando los ciclos lamentables del horror .





